Esa oscura mañana los recuerdos estaban más frescos que nunca: hacía un año y un mes que había traído a esa horrible gata parda y hacía un mes exacto había perdido al hombre que vivió con ella por 76 años.Doña July no sabía vivir sin él. Pasaba las noches llorando sentaba frente a la amplia y rústica ventana, ansiando escuchar la voz de don Fausto otra vez.
Apareció muerto, asfixiado sobre la cama. La policía sólo encontró algunos pelos de gato sobre él, mientras ella convalecía en el hospital víctima de toxoplasmosis.
No había regalado el animal pues no quería ser víctima del remordimiento. Recordaba muy bien como Fausto pasaba sus horas acariciándola y repitiéndole lo que por más de 50 años no le había dicho a su propia esposa: "Te amo princesa".
A mediodía de ese viernes, preparó su comida como siempre, trajo el viejo tenedor de Fausto y cuando empezaba a comer encontró excremento de animal en el plato, justo al lado de las albóndigas.
-Me las va a pagar ese animal peludo-, pero no la encontró en la casa.
Entrada la noche, mientras lloraba a Fausto como de costumbre, de pie y casi saliéndose por la amplia ventana abierta, recibió el peso completo de la obesa gata en su frágil espalda.
Quedó balanceándose sobre el marco por unas milésimas de segundo. De no andar los suecos de madera que pesaban como tres kilos hubiera caído al frío cemento desde el segundo piso. Su corazón casi se detiene.
Confirmó sus sospechas: aquella gata parda había matado a Fausto y quería matarla a ella también.
Cuchillo en mano bajó por las escaleras, llegó a la canasta y no la vio. Con enorme dificultad se arrodilló y buscó bajo aquel viejo sofá donde a veces gustaba dormir, pero más bien encontró un papel masticado y lleno de pelos de gato. Lo extendió y leyó lo siguiente:
-"July, usted es el amor de mi vida. Con usted he vivido los años más hermosos de la vida y sé que no le he dicho esto en persona en más de medio siglo, pero hoy en nuestro aniversario se lo escribo: LA AMO MUCHO. Hoy mismo regalaré a esa gata que la ha enfermado. Fausto". Tenía fecha del día de la desgracia.
Lloró desconsolada, le daba lo mismo vivir que morir. Había sido un crimen pasional ¿Pero como explicárselo a la policía?
La escuchó maullar en su cuarto. Más decidida que nunca y dispuesta a no fallar, subió las escaleras. Se echó sus 96 años a cuestas y corrió con las fuerzas de una quinceañera.
En aquel momento la luz se apagó y se escuchó un estruendo en la pequeña casa.
Tres días después la policía forzó la puerta ante el mal olor que desprendía la anticuada estructura.
Allí estaba doña July a los pies de la escalera sin asomos de vida. Junto a ella la enorme gata parda que no dejaba de maullar.
-Pobre gata, dos pérdidas en un mes-, dijo resignado el sargento Martínez.
El humilde policía tomó la peor decisión de su vida, llevarla a vivir a su casa, dado que él y su esposa estaban buscando mascota desde hacía semanas.
-Te voy a dar un hogar princesa, ya no vas a sufrir más- le susurró, sin saber lo que pronto vendría.












Cientos de historias que esperaban ser contadas entre humo de cigarro, granos de maíz, aguadulce y un gallo de salchichón. ¡Cuántas anécdotas sin siquiera musitar una sílaba! El silencio y las arrugas lo contaban todo.
