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17/7/2010

Igual al de su papá

Más feliz que nunca, Rossy bajó las escaleras que conducían hacia el lobby de aquel viejo y maltrecho hotel. Caminó con pies de pluma, casi volando, los trece pasos que separan la última grada de la descuidada mesa de caoba importada, donde Mr. Banks contaba una y otra vez las ganancias del día.

clip_image002Besó al viejo inglés como nunca. Lo abrazó con el alma desbordada en cada centímetro de piel y hasta le dejó de recuerdo una caricia indecente como agradecimiento. De por sí, lo dejaría de ver para siempre. De por sí, no tendría que volver al oficio, que aunque a veces la avergonzaba frente a sus familiares, llegó a hallarle el lado positivo: honrados ingresos haciendo un bien a los desvalidos. No le estaba robando a nadie.

Se veía a sí misma como hada madrina que cumplía deseos. No a niños, pero sí a “almas buenas aunque desgraciadas en el amor”.

No le molestaba el sexo, pues lo veía como un servicio para la satisfacción carnal de un pobre miserable. Aunque sí, había que admitirlo, le resultaba tortuoso el mucho esfuerzo por mostrarse siempre hermosa, aunque esto no era nada difícil para aquel ser con cuerpo de diosa caribeña.

Su inocencia patológica no le permitió entender realmente lo bella que era, al menos durante los 19 años que le duró. Ya luego el embarazo y los genes se encargaron que no fuera la misma jamás.

No le importaba que su madre y abuela la calificaran de “cochina” pues ella sabía muy bien que lo hacía por necesidad y no por gusto propio. Sabía que era cuestión de días, sino semanas para la redención y más aún con la noticia de Miquito.

Luego de la caricia descarada que dejó confundido y desubicado al gringo Banks (no era viernes al mediodía tal y como tocaba en su rol de chicas), corrió hacia la puerta y saltó de un brinco las tres gradas quebradizas que se abrían a las calles empapadas. Respiró profundo, levantó la mirada al cielo gris.

Sus ojos eran otros. Aunque negros y de aspecto melancólico, aquella tarde de abundantes brisas marinas, parecían más bien rayos de sol en medio de la tarde moribunda sobre la vieja y descuidada ciudad.

Alrededor se completaba la poesía. Un aire salado de intensidades variables que acariciaba los rostros de los incrédulos caminantes, los edificios atónitos y malagradecidos que refunfuñaban contra la leve llovizna que si bien lavaba las heces de pájaros, pronto terminaría de arrancar por completo el cemento de las fachadas. Unos viejos por allá gritando sus vidas, otras doñas por aquí discutiendo de amores pasados.

El escenario no podría ser mejor y la música apareció.

La chica saboreaba la miel de la trompeta cubana como la más dulce de las abejitas enamoradas. Tarareó la letra y por unos segundos movió sus caderas al ritmo de aquel bolero ya pasado de moda.

Pensaba en Mique y en Miquito.

Mique estaría feliz al saberla preñada. Rosy tenía claro que a su amado le obsesionada la paternidad. Sabía que Mique se veía a sí mismo como el futuro progenitor del chico más cálido, hermoso, agraciado y vivaz de aquella ruinosa ciudad.

Mique le daría a Miquito todo lo que él nunca tuvo. El apellido de un padre, el balón y hasta el “conocimiento” que muy caro pagó en las calles. Pero Miquito no tendría que sufrir así, pues él se lo pondría en bandeja de plata.

El espigado morocho no podía extender sus anhelos a ámbitos más extensos o elaborados pues simplemente no los conocía. Para Mique el mundo se circunscribía al casco viejo de la ciudad y a veces hasta donde la guagua le llevara. Esto cambiaría luego que se cumpliera el instinto maternal.

Rossy sabía a plenitud que era un niño. Ese mensaje divino aparecido por obra y gracia del Arcangel Miguel, le había confesado que la criatura tendría pene, pero no cualquier pene, sería como el de su padre. Y aunque las descripciones no son prudentes en este punto, sí cabe decir que la profecía no fallaría en nada. Sería una perfecta copia del de su padre.

Despertó del letargo, no podía esperar más para darle la noticia a su amado. Estaba segura que la depresión que le generaba a Mique el estar desempleado ya por más de un año, se iría en el instante que escuchara la noticia.

La escultural morena ensayó discursos las seis cuadras o nueve minutos de maltrecho y angosto camino y ni siquiera se dio cuenta de todos los halagos y hasta vulgaridades que los unos y los otros transeúntes le proferían al pasar.

Primero quería darle algo de emoción a la historia, luego pensó en soltar la bomba de una vez, pero finalmente se decidió por algo intermedio que no matara a Mique de un infarto pero tampoco de impaciencia.

Sabía que Mique se alegraría del niño, pero también le llenaría igual o quizá hasta un poco más, el hecho de abandonar el oficio justo como lo prometió: el día en que descubriera el embarazo. Y no porque él lo exigiera, sino porque ella así lo decidió.

El desempleo de su inseparable compañero de aventuras juveniles y ahora declarado amor de su vida, y la escasa preparación para ocupar un cargo más pudoroso, no propiciaban las mejores condiciones para que dejara “la cochinada” (como decía su madre y abuela) antes. A fin de cuentas, “el sudor de su frente y de otras partes” (según el mismo Mique), le había permitido pagar las deudas, la comida y hasta ahorrar bajo el colchón una buena suma.

Caminó los últimos pasos muy nerviosa, extremadamente nerviosa. Su mundo, su historia cambiaría para siempre.

Mique le decía una y otra vez que no le importaba que fuera lo que era, pero ella sabía en el fondo que a ningún hombre le gustaba compartir su territorio. Era algo instintivo, era como si el león o el búfalo estuvieran dispuestos a compartir la hembra a vista y paciencia. Simplemente no podía creerle.

El pobre diablo abrió la puerta. Se abrazaron, no hicieron falta palabras. La telepatía funcionó a la perfección. Ella sonrió tontamente y le espetó un cálido “va a tener el pene como el de su papá”.

No sé equivocó. Casi ocho meses después nació Miquito y de inmediato Rossy pudo constatar que tenía el pene igual al del papá. Extremadamente curvo, diminuto y muy muy blanco.

Nadie en la ciudad supo más de Mique, algunos paisanos dicen que murió pocos meses después de una extraña malaria en la recóndita costa Centroamérica, pero a ciencia cierta nadie puede dar fe de ello.

Rosy y Miquito se fueron a vivir al viejo y maltrecho hotel con la vida echada a perder.

“Mr. Banks le desgració la vida a los tres” (según palabras de la misma madre y abuela).

19/2/2009

El pecado de Rosa la mariposa


Eran como el agua y el aceite, según decían. Como el cielo y la tierra, como el socialismo y el capitalismo… pero algún día habrían de juntar camino.

Se jurarían amor eterno aunque uno de los dos no llegaría a cumplir su promesa.

Majo el escarabajo era hijo de humildes campesinos. Era fuerte, decidido y si la vida le hubiera ofrecido mejor suerte, sería un gran ingeniero, contratista de las mejores fortificaciones para hormigas. Pero por el momento su trabajo de 16 horas sólo le alcanzaba para cueva y algo de estiércol barato.

Rosa la mariposa en cambio era una chica mimada cuyos padres no sabían de pobrezas ni limitaciones. Todo lo tenía a mano, comida, bebida, estatus y cualquier otro deleite mariposino.

Aquél se ganaba la vida a fuerza de mandíbula cortando pasto y aquélla movía alas para hacer cumplir sus deseos de inmediato.

Majo tenía que velar por cinco. Él, sus padres incapaces ya de trabajar y dos tías a punto de pasar a mejor vida. Y aunque cinco también rodeaban a Rosa, la cosa era distinta. Tenía un maestro muy bien instruido, dos nanas que la consentían sin medida, una madre algo indiscreta y el padre, todo un veterano de la empresa floral. Mientras uno velaba por cinco, cinco velaban por una.

Un día sucedió lo impensable. Se enamoraron perdidamente.

No se saben los detalles con certeza, pero cuentan las malas lenguas aristócratas que Majo la sedujo con sus varoniles protuberancias en busca de dinero fácil, mientras en los arrabales se rumoraba que Rosa la mariposa era una chica fácil que iba de insecto en insecto para saciar sus pasiones lujuriosas y desenfrenadas.

Por supuesto que las familias no estaban de acuerdo con la relación.

-Las mariposas son de aire. Estamos por encima de cualquier bicho tierroso- decían éstos.

Mientras los otros reclamaban:

- Los escarabajos somos fuertes y útiles. Las mariposas son esperpentos voladores muy superficiales cuya belleza de alas suplía su falta de cabeza.

Un día de tantos Majo y Rosa quisieron juntar a las dos familias. Tenían una gran noticia que dar.

Las familias acudieron resignadas esperando el anuncio del compromiso. Pero lo escuchado aquella tarde sería 1000 veces peor.

-Rosa y yo…. Yo y Rosa… Bueno, nosotros, vamos a… - decía titubeante y nervioso Majo mientras su amada trataba de darle fuerzas estrechándole su pata.

-Si ya sabemos que se quieren casar. Ahórrennos la pena de una vez – dijo el padre mariposón.

-No papá no vamos a casarnos – dijo Rosa.

En ese momento el tiempo se detuvo. Las tías enfermas casi dejan de respirar y la expectación estrujó el tórax de todos los presentes en el lugar.

-Vamos a mudarnos y vivir juntos – dijo Majo.

-Y estamos por tener cría. Vamos a tener un maribajo- exclamó Rosa esperando abrazos, besos y felicitaciones que nunca llegarían.

-¿Ustedes viviendo juntos? ¿Sin casarse? – gritó incrédula la madre mariposa.
-¡Eres una pecadora Rosa mariposa!– continuó la madre escarabajo.

¿Y con un maribajo? ¡Eso jamás! – expresó el mariposón.

¿Qué pensarían en la Iglesia, nuestros amigos? ¿Qué clase de afrenta sería esa para nuestra familia? – finalizó el escarabajo mayor.

Descubrieron muy rápidamente que no eran tan diferentes como ellos creían. Sus valores tradicionales, creencias, costumbres y convicciones religiosas no eran tan distintos.

Se miraron entre ellos rápidamente y con un leve gesto de consentimiento acordaron lo que habría de pasar. No hacían falta las palabras.

En medio de gritos y a la fuerza llevaron a Rosa con el doctor Martín el chapulín. Majo el escarabajo respetaba mucho a sus padres y esperaba que aquella fuera la mejor decisión.

Sacarían el huevecillo y listo, podrían volver a empezar. Pero algo salió mal, bastante mal.

Rosa no aguantó y aquella tarde sus alas dijeron adiós.

Todos la lloraron un poco, pero no más de lo necesario. Con el pasar de los días las dos familias se hicieron muy amigas y pronto el padre mariposón ofreció a Majo el escarabajo su otra hija. Era bella, muy delgada y algo inteligente. Era suficiente.

¿Por qué olvidó a Rosa? ¿Por qué no la apoyó? ¿Por qué Majo sucumbió al deseo de padres y suegros? Esa gran culpa parece no pesar mucho en la conciencia del otrora noble escarabajo.

Mañana Majo el escabajo y Hermosa la mariposa se casan. Será una boda íntima, pero llena de lujos. De Rosa la mariposa ya nadie se acuerda.

22/1/2009

Darío


Todos hablan de Darío.
Tenía motivos suficientes para ser feliz: un buen puesto de trabajo, un vehículo reciente, una linda casa, su bella esposa y aquellos hijos bien educados que eran la envidia de todas las maestras de la escuela. 
Pero aquel hombre era seco como madera que arde a fuego lento. 
No sonreía, tampoco gruñía. Nunca estaba feliz, pero tampoco fruncía el ceño. 
Nada le motivaba, ni el hermoso color del cielo, ni el "papi, papito" de sus niños en casa, ni aún la esperanza inútil de lograr "un mejor mañana".
No se conmovía con las tristes tardes invernales, sólo respiraba mecánicamente. Jamás se le había visto entusiasmado, tampoco decaído. Alguna vez se llegó a enojar, pero fue hace tanto tiempo que ya no lo recordaba.
¿Pero qué fue lo que le sucedió a aquel desgraciado hombre? ¿Cuál fue el hecho macabro que lo tiene muerto en vida?
Nadie lo sabe, ni siquiera él.
Cuando murió su madre no lloró. Cuando su esposa superó definitivamente aquella larga enfermedad tampoco asomó sonrisa, ni palabra de aliento en su boca.
De joven, pese a que estaba siempre rodeado de gente, no llegó a estimar realmente a nadie, ni siquiera a él mismo.   
No se sabía si odiaba a su asqueroso jefe, o si más bien lo admiraba.
No distinguía entre el canto de un ave o el silbido de un viejo tren a gasolina.
¿Pasta en salsa de tomate? ¿Frutas silvestres? ¿Salmón con vegerales? ¡Qué más da si todo le sabe igual!
Alguna vez la muerte llegó a visitarle, pero desistió de inmediato. No había manera de llevar a las sombras del sepulcro a alguien que realmente no vivía.
¿Qué le habrá sucedido a Darío que no llora ni ríe? 

13/11/2008

El país entero que me tuvo miedo

Lo tenía todo preparado. Sería la gran aventura de una vida.

Me había puesto las vacunas, algunas de ellas muy dolorosas por cierto.

Me había preparado por semanas en los saludos, gestos y vocabulario que podían considerarse deshonrosos.

Había delirado ya con el inhóspito sol de la África Negra. Imaginaba las praderas y en ellas las manadas de elefantes y leones. Aquellos luchando por sus hojas verdes y estos batallando por disfrutar del placer de la procreación.

Respiraría su aire seco y de rodillas contra la maleza escucharía atento las historias del gran dios-mono blanco. Me adentraría en la selva de N’Ko y viviría un romance con la deidad de sus bosques.

Pero algo falló en mi plan. No contaba con la humanidad.

El día antes de mi salida recibí la llamada: No eres bienvenido en el país. El Gobierno ha decido que no puedes entrar.

No lo podía creer. Yo. El simple yo infundía temor al Gran Dictador.

El funcionario internacional de contextura delgada, sonrisa amplia y cabello morocho podía causarle un gran daño a un país entero.

A pesar de toda la gestión diplomática, las cartas, las reuniones, llamadas, amenazas y súplicas no hubo fuerza humana que lograra destrozar la muralla de ideas y prejuicios que cubría a ese espléndido paraíso.

Porque a fin de cuentas, y aunque se matice de una u otra forma, todo se resume en un simple y mortal MIEDO.

¿Sería que el gran dios-mono blanco me quería lejos de allí? ¿Sería que El Gran Dictador me tenía una fiesta sorpresa para la bienvenida? ¿Acaso se alzarían los cañones, se dispararían los rifles al cielo para recibirme entre aplausos?

Gran dios-mono blanco te debo una.

10/4/2008

La princesa de ojos de cielo, mejillas de luna roja y boca de cristal

Era la princesa más hermosa que jamás hubiese existido. Tenía ojos de cielo, mejillas de luna roja y boca del más fino y lúcido cristal. Pero ella misma no reconocía su belleza estremecedora.

Tenía miles de virtudes, cientos de esperanzas, decenas de reinos a sus pies y tan sólo unos pocos menoscabos, pero ella se sentía totalmente infeliz.

Soñaba con volar por la pradera, correr por los campos floridos de cara al viento y a la lluvia. Sin embargo nunca salía de su santuario de marfil. Quería vivir intensamente, pero no sabía como.

Aunque su sonrisa siempre brillaba, las lágrimas le ahogaban el alma, le agobiaban el espíritu y robaban cruelmente su paz. Había olvidado ser feliz, es más, no se sabe siquiera si alguna vez había aprendido a serlo.

Sus miradas infundían devoción e idolatría. Sus palabras eran mandamientos para el pueblo, pero sus deseos, sus verdaderos y más puros deseos, aquellos que se escondían en lo profundo de su corazón y huesos, eran cual rocas pesadas e inamovibles que jamás podría tirar por la ventana.

A veces quería morirse, otras veces quería vivir, y en otras ocasiones nadie sabía lo que de verdad quería. Era experta en ocultar con su sonrisa imponente, todos los mares de lágrimas, gritos de tristeza que desolaban su existencia.

Una tarde de invierno la princesa quiso cambiar, quiso darse cuenta de lo hermosa que era. Decidió dar el paso, aceptarse, quererse y aprender a ser feliz. Quiso buscar la llave, abrir la puerta y empezar a correr hacia los campos floridos en medio de la lluvia torrencial.

Pero era ya muy tarde, desde hacía un año había dejado de respirar… de vivir. Ella aún no lo sabía y su cuerpo descansaba en su torre de marfil.
Terox agregó a manera de epílogo:
Otra princesa que había leído con fruición el cuento anterior, puso cuidadosamente el libro en la mesa de noche, y por primera vez en muchos años, salió de su habitación sin mirarse al espejo...

6/3/2008

MUERTA EN VIDA....

Juliana estaba totalmente sola en la casa. Bueno, casi sola..., mejor dicho, no había otro ser viviente en la vieja estructura de más de 50 años.
Aunque estaba acostumbrada al aislamiento de las paredes de cedro amargo, esa noche algo terrible la inquietaba. Tal vez la escalofriante oscuridad, tal vez presentía el olor de la muerte, tal vez el macabro recuerdo del chico con quien iba a casarse o tal vez era todo eso al mismo tiempo.

El amor de su vida se llamó Justiniano, no llegaba a los 25 y era "el más apuesto y cariñoso hombre del mundo", como ella misma decía. Esa precisa noche se cumplía el año exacto en que otra mujer se lo había arrebatado de sus brazos.

Sucedió en un segundo y Justiniano la describió en su último álito de vida como inquietantemente hermosa, de figura delgada y perturbadora. Habló de una sonrisa macabra, de manos finas, suaves y congeladas. Se le escuchó mencionar la piel blanca color nieve y ojos negros como el infierno.

Y finalmente antes de partir Justiniano prometió regresar por Juliana a la vuelta de un año.

El dolor de la muerte inesperada, el trauma del injusto deceso habían bloqueado aquellas últimas palabras de su mente. Pero esa noche las recordó como si hubiesen sucedido hacía un momento.

Volvieron a su mente cuando vio a la hermosa mujer y a su Justiniano al final del pasillo. Lentamente, muy lentamente les vio avanzar y todos los recuerdos cayeron en un segundo.

No quiso esperar más y caminó hacia ellos. Con una lágrima, no mejor dicho, miles de lágrimas en sus ojos sólo atinó a decirle a Justiniano:

-No te he perdonado y nunca lo haré. La preferiste a ella antes que a mí.

Llévame si quieres pero este dolor ya ha carcomido mi corazón y me ha acabado el alma. No tengo nada que entregarte. ¿No te das cuenta que ya estoy muerta tambien?

Justiniano y su eterna enamorada dieron la vuelta y desaparecieron en la oscuridad. Juliana continuó con su muerte en vida o como lo demás preferían llamarlo: vida de muerta.