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22 ene. 2009

Darío


Todos hablan de Darío.
Tenía motivos suficientes para ser feliz: un buen puesto de trabajo, un vehículo reciente, una linda casa, su bella esposa y aquellos hijos bien educados que eran la envidia de todas las maestras de la escuela. 
Pero aquel hombre era seco como madera que arde a fuego lento. 
No sonreía, tampoco gruñía. Nunca estaba feliz, pero tampoco fruncía el ceño. 
Nada le motivaba, ni el hermoso color del cielo, ni el "papi, papito" de sus niños en casa, ni aún la esperanza inútil de lograr "un mejor mañana".
No se conmovía con las tristes tardes invernales, sólo respiraba mecánicamente. Jamás se le había visto entusiasmado, tampoco decaído. Alguna vez se llegó a enojar, pero fue hace tanto tiempo que ya no lo recordaba.
¿Pero qué fue lo que le sucedió a aquel desgraciado hombre? ¿Cuál fue el hecho macabro que lo tiene muerto en vida?
Nadie lo sabe, ni siquiera él.
Cuando murió su madre no lloró. Cuando su esposa superó definitivamente aquella larga enfermedad tampoco asomó sonrisa, ni palabra de aliento en su boca.
De joven, pese a que estaba siempre rodeado de gente, no llegó a estimar realmente a nadie, ni siquiera a él mismo.   
No se sabía si odiaba a su asqueroso jefe, o si más bien lo admiraba.
No distinguía entre el canto de un ave o el silbido de un viejo tren a gasolina.
¿Pasta en salsa de tomate? ¿Frutas silvestres? ¿Salmón con vegerales? ¡Qué más da si todo le sabe igual!
Alguna vez la muerte llegó a visitarle, pero desistió de inmediato. No había manera de llevar a las sombras del sepulcro a alguien que realmente no vivía.
¿Qué le habrá sucedido a Darío que no llora ni ríe?